En el jardín de mi casa hay un árbol, un
abeto fastuoso e intrigante. En las tardes de invierno me gusta contemplar como
son agitadas dócilmente sus ramas por el viento, Eolo se entrelaza con ellas y
en medio de un susurro las excita cual enamorado. Las ramas vibran dejándose
llevar por su amante, las sutiles hojas provocan un gracioso y afable silbido
como el de la sonrisa del alma.
Yo, contemplo desde mi balcón tan íntima
escena dejándome llevar por los sentidos, aspiro su evocadora fragancia,
aprecio la humedad de las ínfimas gotas de lluvia que han osado a participar en el acontecimiento.
Cubierta con un acogedor jersey de lana que abraza mi piel, acompañada de un
gran tazón de café que alienta mi cuerpo y de la delicada melodía que emite el
viento retozando con el abeto ayudándome a consolidar mi espíritu, siento Felicidad.
Las imágenes vividas pasan por mi mente:
Una niña alegre jugando, una adolescente
alocada bailando sin cesar, enamorada
con una sonrisa, las caricias, los guiños.
Sufro en mí ser la esquirla de mi alma
que fue arrebatada, percibo la amargura de la separación, padezco la angustia
de la perdida. ¿Dónde estás? ¿Porque nos privaron de ti? Te necesitamos y echamos de menos. No, no te gustaría verme
así, Tú que siempre viviste para
nosotros, que tu dicha era la nuestra y tu desgracia la que a nosotros nos
acontecía. Quieres, estoy segura de ello, que seamos felices que forjemos
nuestro espíritu y sintamos con nuestra vida las emociones y los momentos que
tan bruscamente te fueron arrebatados.
Te queremos y lucharé para que desde tu
nueva morada veas lo que siempre has deseado: nuestra felicidad.
La vida sigue y no permitiré que me
venza la tristeza pero si la Felicidad no fuese sólo circunstancial ahora
estarías con nosotros.